viernes, 26 de enero de 2007

A la luz de la luna

Os ha ocurrido alguna vez el de escuchar ruidos o sonidos durante la noche, y por no querer averiguar de que se trata, cerr­áis los ojos, tratando de dormir para ahuyentar el miedo.

Si es así, os contare una anécdota que me ocurrió, en la primera vez que estuve en África.
Recuerdo que vivía en un hotel de cinco habitaciones y una ducha, en una pequeña aldea del antiguo Zaire.

Como el único huésped del hotel era yo tenía que, desplazarme a un anexo apartado de la aldea para poder cenar, ya que trabajaba de día.

Desplazarme para cenar a la luz de la luna, y tener como alumbre esas estrellas tan cercanas que, hubiese podido tocarlas con solo extender mi mano, hacía que mi mente luchara contra lo desconocido.

Fue así que me di cuenta que, valía más la fortaleza mental que la física.

Caminar con mis ojos de gato en las oscuras calles de la aldea, fue en principio como una pesadilla.

Pero como todo en esta vida es cuestión de tiempo, al cabo de unos días, los latidos de mi corazón no se disparaban al más insignificante ruido.

Me acostumbre a caminar con paso firme, para acortar más rápidamente la distancia, y muchas veces siguiendo un ritmo, tanto de ida como de vuelta.

Una noche quise averiguar que era ese sonido que provenía de la sabana.

Y a mitad del camino, exactamente cuando comencé a escuchar el compás, agudizando los ojos divise una silueta.

Se pensaran que fui todo un hombre por no salir corriendo, pero os tengo que confiar que, si no lo hice fue por que las piernas no lo consiguieron.
Sin embargo la silueta se acerco a mí, y mostrándome una gran sonrisa me enseño que, con un palo y una lata él producía el ritmo.

Al día siguiente, al contarles a mis compañeros de trabajo, me explicaron que ya había ocurrido anteriormente que, gente de la aldea ayuda a los extranjeros durante la noche, a no sentirse solos en el trayecto.

Y de paso espantaban, a los posibles animales de los alrededores.

Desde esa noche y durante las seis semanas de estancia en la aldea, al regresar de cenar, traía comida para mi acompañante nocturno.

Los miedos acompañados se hacen más llevaderos, por eso, nos volveremos a ver a donde quieran que estén.

1 comentario:

urbankid dijo...

Muy buena historia! Me ha gustado mucho ;)