Después de un largo período de convalecencia, esta semana he reanudado mi puesta en forma, en el gimnasio.
Llevaba más de un mes sin hacer un solo esfuerzo, me acercaba a veces al local, solo a saludar a los viejos conocidos del sufrimiento.
Por que por más vueltas que le demos, realizar tres veces por semana toda clase de ejercicio, es un sufrimiento.
Pagar para sudar, para que las palpitaciones te suban a mil, para tener agujetas y que luego no te puedas mover, hay que ser un poco masoquista.
Pensando de esa manera, el pasado lunes, me estimule para reiniciar mi aventura en el gimnasio.
Al finalizar y con el sudor corriéndome por todo el cuerpo, raudamente me metí en la ducha.
Cada movimiento en mi limpieza corporal, reafirmaba que mi cuerpo estaba vivo, dolorido pero con vida.
Al tratar de lavarme el cabello, colocando un poco de champú en la palma de la mano, un inmenso dolor en los músculos, me impedía tocarme la cabeza.
Parecía como si mis brazos en alto y formando una uve, se hubiesen agarrotados, os diré que ese día salí del gimnasio sin peinarme.
En fin, poco a poco mi cuerpo se va habituando, y aunque sufra los castigos de los aparatos, salgo del gimnasio diciéndole a todo el mundo, nos volveremos a ver.
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