viernes, 1 de abril de 2011

No todos somos iguales

Recuerdo que me encontraba de camino al aeropuerto de Kinshasa, capital de la antigua República del Congo Belga.

Quién me acompañaba en el coche, era el agente de la empresa, un joven moreno más negro que la noche.

Había terminado mi primera estancia en la jungla Congoleña, había pasado casi cuarenta días, en un lugar llamado Muanda.

Íbamos con retraso y a toda velocidad, sin mediar palabra por culpa del idioma, ya que él no hablaba ingles y mi francés era muy pobre.

No obstante necesitaba comentarle que, en mi maleta llevaba un par de souvenirs y que no quería tener problemas en la aduana, a sabiendas de cómo se las gastaban en esa parte del mundo.

Mientras corríamos por esa avenida llena de puentes sin terminar, habían construido a ambos lados de la carretera, las bases con sus escalones pero, faltaba la unión entre ambas partes.

En fin, con un poco de gesticulaciones y mi mejor francés, comunique que llevaba conmigo algún que otro recuerdo.

Después de fruncir el seño, me dio a entender que necesitaría hacerle un regalo a alguien, lo que se traducía en dar dinero.

Entre dinero local y un puñado de francos belgas, le señale que era lo único que tenía conmigo, creo que al cambio serían 5 euros.

Aparcamos y entramos al aeropuerto corriendo, cogiéndome el pasaporte y el dinero, me señalo la cola para declarar.

Yo asustado, le recalque que no quería abrir la maleta, a lo que el manoteando y mostrándome el dinero, apunto a un guardia.

La fila se fue acortando, sentía el sudor caer por mi cuerpo, mientras, trataba de ver donde estaba mi agente. De pronto, ya estaba frente a frente con un guardia, deseoso de ver el equipaje.

Resignado y sin saber que hacer, buscaba con la mirada a mi agente, mientras, lentamente movía la cremallera. En el último minuto, alguien me señalo que me fuera con la maleta.

Aturdido y mientras trataba de cerrar la cremallera, me di cuenta de la cantidad de personas que se encontraban en ese momento, en el hall del aeropuerto. Todos iguales y yo, sin acordarme de la fisonomía de mi acompañante.

Rendido y perdido entre la multitud, sin pasaje y sin documento, sentía que mi corazón explotaría en cualquier momento.

Mirando a la multitud de cabezas negras, me di cuenta que yo era el único blanco en ese millón de individuos. Pienso que con los sudores y nervios, mi tez sería de color marfil.

Desesperado y sin saber que hacer, vi de entre la multitud, a alguien que con una amplia sonrisa agitaba unos papeles.

Ahí estaba mi salvador, corrí a su lado y no le di un beso de alegría, por que el ambiente estaba un poco cargado.

Contento le prometí que a mi regreso le traería un regalo, alegre me despedí de él y de todos, pensando que, nos volveríamos a ver.

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