En mi primer viaje a Túnez, rogaba para que el vuelo llegara sin retrasos ya que en el hotel, estaría esperándome el agente de nuestra empresa.
Quería llegar con luz solar a Túnez pues tendría que conducir hasta la ciudad de Sfax, y según el mapa quedaba bastante lejos.
Claro que no siempre sale como uno lo planea, y fue así que cuando me puse en marcha en el coche alquilado, los últimos rayos de sol se iban apagando.
Ya tuve problemas en salir del aeropuerto, lo que me llevo a dar tres veces la vuelta al mismo, antes de encontrar la salida.
El mapa que llevaba era de carreteras pero para conseguir colocarme en la autopista, tendría primeramente que encontrarla.
La ciudad de Túnez no es muy grande pero al no hablar el francés, me resultaba difícil comunicarme en inglés, aunque finalmente encontré a un tunecino que balbuceaba el italiano.
Finalmente y después de pasar varias vicisitudes en el camino en otras cosas por no llevar dinero local, tarde más de lo debido, llegando al hotel de madrugada.
Al día siguiente y para no complicarme la vida, pedí en recepción un taxista con nociones de inglés.
Subí al taxi preguntándole al chofer si comprendía el inglés para asegurarme, recibiendo una respuesta afirmativa.
Seguidamente con la dirección en la mano, y explicándole que iríamos a un almacén le pregunte si me entendía, respondiéndome que no.
Pero usted habla inglés le pregunté nuevamente, respondiéndome que sí.
Entonces me entiende lo que le dijo continué, respondiéndome que no.
Hablar inglés sí, entender inglés no.
Armándome de paciencia y con mi francés de la costa, le explique lo inexplicable de la dirección y el dichoso almacén.
Así nos pusimos en marcha, pero después de llevarme por dos veces seguidas a la estación de trenes, le tuve que pagar para que me dejara finalmente en el hotel.
Ya ven, no por mucho madrugar amanece más temprano, o sea que, saber idiomas es una ventaja, siempre y cuando tú interlocutor te entienda.
Au revoir, mañana nos volveremos a ver
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