En mi época de estudiante eran muy pocos los que sentían interés en aprender diferentes lenguas, la mayoría y me incluyo en el montón, teníamos suficiente con seguir las clases del día a día.
Claro que con los años te das cuenta que, hubiese sido mejor hincar los codos en las clases particulares, en vez de quedarse hablando en la cafetería de la esquina.
O sea qué, lo mejor es aprender desde pequeño, el cual no es mi caso.
A mis veintitantos años llegando a la tierra prometida de la costa brava, me di cuenta rápidamente que, sin tener experiencia lingüística no me comería un rosco.
Es así que, afinando mis sentidos auditivos y poniéndole mucho empeño debido a la causa, aprendí a marchas forzadas otras lenguas.
Se puede decir que, hablar varios idiomas facilita la comunicación.
Claro que, si no se habla o entiende correctamente pueden llevarte a situaciones vergonzosas.
Recuerdo mi primera vez en Estados Unidos, de pié frente a un quiosco callejero en un barrio de negros, a la espera de comprar unos trozos de pollo frito.
Sería el único quiosco abierto ese día ya que, éramos bastante a la espera que nos despacharan, siendo yo el único de tez clara.
Cuando aquel moreno pregunto si quería (white meat) carne blanca, mirando a todos a mi alrededor, salí corriendo sin saber que contestarle.
Una vez utilizando mis nociones de francés en Paris, y apuntándole al camarero con mi dedo índice en la carta, comentándole que ese día no deseaba algo con espinas, comí trozos de pescado con patatas.
Incrédulo me observaba el policía en Alemania cuando le rogaba sí, podía ayudarme a encontrar mi coche, aparcado en la calle strasse.
Lo mejor en esto de los idiomas es ayudarse con un poco de mímica, siempre y cuando la artrosis lo permita.
Nos volveremos a ver, chao.
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