Debe de haber llegado por la noche, probablemente a altas horas de la madrugada y de manera silenciosa.
Hasta ahora, y os comunico que siempre hace lo mismo, llega sin avisar.
No hay manera de darse cuenta, cuando y a que hora llegará.
Quizás es mi falta de experiencia, y por más que me haga mayor, sigo todavía sin saber interpretar sus cambios.
Suerte que vivimos en un lugar céntrico, lo cual ayuda si es que, nos sorprende su llegada y nos trae dificultades.
Es que nunca se sabe si viene sola o acompañada.
Claro que cada año; y yo que tengo el cuerpo cada vez más cansino, cuesta lidiar con los menesteres de su llegada.
Para colmo si se le ocurre, puede estar dándote la lata de llegar a la hora que le venga en ganas, durante un mes seguido.
Se que ustedes se preguntaran, ¿Cómo es que acepto sus incorrecciones?, o sino, ¿Cómo es que no la hecha de casa?
Lo que pasa es que, de sus molestias nada puedo hacer, y por otro lado, tengo la suerte que no entra en casa.
Sí, sí, habéis leído bien, se queda afuera en la calle.
Es por eso que al abrir la puerta ésta mañana, el corazón me dio un vuelco al encontrármela ahí, blanca, fría y esperándome.
Sí señores, en la oscuridad de la noche la nieve había llegado, cubriéndolo todo con su manto blanco.
En fin, como es costumbre no se cuanto tiempo estará con nosotros, aunque en realidad no importa mucho, ya que al despedirse se que me dirá, nos volveremos a ver.
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