Soy uno de aquellos que, salta cada mañana de la cama.
Pero no me mal entiendan, no es que salte de vigor, alegría o agilidad, sino que la mayoría de las veces, es de sobresalto y desesperación.
Desesperación por apagar la alarma del despertador, y sorpresa con sobresalto añadido, al no saber realmente a donde estoy.
¿A que a varios de vosotros, os pasa igual?
No es un buen comienzo levantarte con el corazón acelerado, enredándote con sabanas y mantas, frotándote los ojos medios amoratados.
De traspiés en traspiés llego al baño, donde enciendo la luz y echo una mirada a mi cara.
Saco la lengua blanca y reseca, miro las ojeras que parecen dos alforjas y hago algunas muecas, haber si de esa manera desaparecen temporalmente las arrugas.
Luego observándome el cabello y los pelos; tengo la desgracia que me salen por todos lados, me pregunto, ¿Quién eres tú?
Es que la edad no perdona y cada día la sorpresa es mayor al mirarme, y no encontrarme.
Dicen que la cara es el espejo del alma, pues qué queréis que os diga, yo muchas veces me miro y veo lo más parecido a una alpargata.
No obstante, después de una inyección de ánimo, trato de ponerme decente para recibir el día.
Jovial, alegre, risueño, contento, optimista y pensando que, con mi querido espejo, mañana nos volveremos a ver
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